¿A qué nos referimos con masculinidad tóxica?

Muchos de nosotros hemos escuchado hablar de “masculinidad tóxica”. Este término apareció entre los años 1980 y 1990 como un método de análisis psicológico y de autoayuda y es utilizado frecuentemente para describir los aspectos negativos de los rasgos masculinos exagerados.

Una definición no generalista

Pero, lo primero que debemos tener en cuenta al hablar de masculinidad tóxica es que, este concepto, no pretende demonizar a los hombres o cargar negativamente los atributos masculinos, sino simplemente enfatizar los efectos nocivos de ciertos comportamientos tradicionalmente relacionados con una cultura patriarcal que sí presenta determinadas conductas que pueden ser consideradas “tóxicas” como por ejemplo, ciertas actitudes misóginas, homófobas o actitudes que promuevan la violencia, incluyendo la agresión sexual y la violencia de género o, en general, la normalización de actitudes violentas en los hombres como forma de relacionarse con otras personas.

Ideas estereotipadas

Evidentemente, estamos hablando de ciertos estereotipos que, históricamente, han estado asociados a los hombres, como puede ser el de no mostrar vulnerabilidad, destacar en el trabajo y ser el sostén familiar u otros roles que, en la actualidad, ya se consideran desfasados pero que, de algún modo, siguen afectando tanto a nivel social, como psicológico y que, no solo resulta dañino para toda la sociedad, sino también para los propios hombres, puesto que conforme a esos valores masculinos “tóxicos” tradicionales, aquél hombre que no posee suficientes rasgos masculinos exagerados puede llegar a percibirse como inferior a lo que se supone “debe ser” un “hombre real”.

El concepto tóxico de masculinidad confiere una gran importancia a factores como:

  • La fuerza física

  • La ausencia de emociones o la no vulnerabilidad

  • La autosuficiencia

  • El dominio

  • El poder

  • la virilidad sexual

En la vida cotidiana podemos encontrar numerosos ejemplos que hacen alusión a esta visión reduccionista y estereotipada de “lo masculino” en frases hechas como, por ejemplo: “es un hombre”, referida a actitudes en las que se hace alarde de fuerza, agresividad o invulnerabilidad.

Este tipo de frases hechas son habituales en la mayor parte de culturas y sociedades que, tradicionalmente, han catalogado estos rasgos masculinos como deseables, pero, contrariamente a esto, a estos puntos de vista pueden causar graves daños, especialmente en los hombres jóvenes o empujarlos a una actitud aún más tóxica hacia estos comportamientos.

Paralelismos entre el narcisismo y la masculinidad tóxica

No cabe duda de que, cuando hablamos de masculinidad tóxica, podemos encontrar un gran paralelismo con determinadas actitudes narcisista pues, la exageración de estos rasgos masculinos que, en realidad, esconden una gran inseguridad y necesidad de atención, se relacionan directamente con comportamientos de control, de falta de empatía y de agresividad. Por ejemplo:

  • Imposición de las propias necesidades por encima de las necesidades de los demás

  • Necesidad de control (tanto físico como emocional) de los demás

  • Agresión

  • Agresión sexual

  • Poca o nula empatía

  • Hipercompetitividad

  • Ausencia o represión de emociones

  • Tendencia a la violencia o a su exaltación

  • Sexismo

  • Merecimiento

  • Infravaloración de otras actitudes o formas de comportamiento diferentes

Paralelismos entre el narcisismo y la masculinidad tóxica

Combatir los roles de género arcaicos como forma de prevención del narcisismo

A pesar de que la sociedad evoluciona, eliminar o cambiar estos rasgos de masculinidad tóxica no es sencillo, pues en muchas ocasiones, continúan muy arraigados a nivel social y psicológico.

Es necesario que, mediante la educación, se promuevan cambios sociales que se alejen de estos estereotipos negativos tradicionales y se permita a todas las personas definir su propia versión de la masculinidad, así como cuestionar y redefinir estos patrones de pensamiento anticuados y potencialmente dañinos, huyendo de las presiones sociales que históricamente se han ejercido sobre los hombres y ampliando la definición a otras experiencias humanas generales como:

  • El derecho a la vulnerabilidad

  • La interdependencia

  • La ternura y la capacidad de empatía

  • Los cuidados

  • La amabilidad

  • El respeto

  • La cooperación

  • La posibilidad de experimentar abiertamente las emociones, etc.

En definitiva, luchar contra estos estereotipos, especialmente en las etapas de desarrollo de la persona, puede contribuir a evitar que surjan conductas especialmente nocivas y tóxicas durante la edad adulta, como por ejemplo, determinados rasgos narcisistas, estrechamente relacionados con este tipo de roles desfasados.