¿Qué ocurre en la mente de una persona capaz de hacer daño a los demás sin que aparentemente le importe demasiado? ¿Por qué algunas personas sienten culpa después de herir a alguien mientras otras parecen continuar con su vida como si absolutamente nada hubiera ocurrido?

Cuando hablamos de psicopatía, narcisismo, falta de empatía o personalidad antisocial, solemos centrarnos en cómo estas personas se comportan con sus parejas, familiares o amigos.

Sin embargo, existe una pregunta mucho más profunda:

¿Qué mecanismos internos frenan normalmente a una persona antes de hacer algo que sabe que puede destruir emocionalmente a otra?

Y aquí aparece una frase tremendamente española que probablemente hayas escuchado cientos de veces:

«No te quiere ni tu madre».

La utilizamos como insulto, como exageración e incluso como broma. Pero detrás de ella podemos plantearnos una reflexión psicológica bastante más interesante.

¿Por qué precisamente la madre?

La madre, el afecto y la construcción de nuestra personalidad

Durante la infancia, nuestros vínculos tempranos tienen una enorme importancia en nuestro desarrollo emocional.

Sin embargo, conviene hacer aquí una precisión importante: no sería científicamente correcto afirmar que toda neurosis, trauma o personalidad adulta procede exclusivamente de la madre.

El desarrollo de la personalidad es muchísimo más complejo. En él intervienen factores biológicos, temperamentales, familiares, sociales, educativos y ambientales.

Dicho esto, la reflexión que quiero plantearte es otra.

Durante nuestro desarrollo aprendemos qué comportamientos producen aceptación, rechazo, aprobación, seguridad o conflicto. Poco a poco interiorizamos normas, límites y valores, y vamos construyendo nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Y con los años sucede algo fascinante: ya no necesitamos necesariamente que nuestros padres estén delante para imaginar qué pensarían de nosotros.

Esa es precisamente la reflexión que quiero hacer.

¿Qué pensaría tu madre si pudiera verte?

Imagina que estás a punto de hacer algo de lo que sabes perfectamente que no estarías orgulloso.

Mentir deliberadamente. Humillar a alguien. Manipular a tu pareja. Aprovecharte de una persona vulnerable. Traicionar a alguien. Ejercer violencia.

Ahora imagina —siempre que hayas tenido una relación saludable con ella— que tu madre pudiera observarte sin que tú lo supieras.

¿Cambiaría algo?

Quizá apareciera dentro de ti una especie de voz:

«¿De verdad vas a hacer eso?»

No necesitamos recurrir a ninguna explicación mágica. Podemos entenderlo como parte de las normas, vínculos, experiencias y valores que hemos ido interiorizando durante nuestro desarrollo.

Y aquí es donde la reflexión se vuelve especialmente interesante cuando hablamos de determinados comportamientos narcisistas, antisociales o psicopáticos.

¿Por qué un psicópata puede hacer daño sin sentir la misma culpa?

Cuando hablamos de psicopatía, trastorno antisocial, ausencia de remordimiento o frialdad emocional, debemos ser especialmente cuidadosos.

Porque hay conceptos que se mezclan constantemente, especialmente en Internet.

Ser egoísta no convierte a alguien en psicópata.

Hacer daño tampoco convierte automáticamente a alguien en narcisista.

Y tener determinados rasgos narcisistas no significa necesariamente presentar un trastorno narcisista de la personalidad.

Esta diferencia es fundamental.

Cuando observamos a alguien manipular, mentir, utilizar a otras personas o comportarse con una enorme frialdad, tenemos tendencia a buscar inmediatamente una etiqueta que explique su comportamiento.

«Es narcisista».

«Es psicópata».

«Es un sociópata».

Pero muchas veces la pregunta realmente útil no es qué etiqueta tiene esa persona, sino otra:

¿Qué mecanismos frenan a esta persona cuando sus deseos entran en conflicto con el bienestar de los demás?

Ahí encontramos una cuestión mucho más interesante.

Narcisismo, psicopatía y falta de empatía no son lo mismo

Una persona puede presentar una enorme necesidad de admiración y comportamientos narcisistas sin presentar psicopatía.

Otra puede tener dificultades para empatizar en determinadas situaciones sin padecer ningún trastorno de personalidad.

Y otra puede comportarse de manera cruel, manipuladora o destructiva sin que podamos establecer desde fuera un diagnóstico psicológico.

Por eso debemos tener muchísimo cuidado con los diagnósticos realizados a través de Internet.

No podemos saber que alguien es psicópata simplemente porque nos haya sido infiel.

No podemos diagnosticar narcisismo porque nuestra pareja sea egoísta.

Y tampoco podemos concluir automáticamente que una persona carece de empatía porque haya realizado algo que nos ha hecho daño.

Lo que sí podemos analizar son patrones de comportamiento repetidos.

Cómo saber si alguien realmente asume el daño que provoca

Cuando una persona descubre que ha provocado sufrimiento a otra, existen algunas preguntas que pueden resultar mucho más reveladoras que cualquier etiqueta:

¿Asume responsabilidad por lo ocurrido?

¿Experimenta remordimiento?

¿Intenta reparar el daño?

¿Justifica sistemáticamente sus actos?

¿Termina culpando siempre a la víctima?

¿Modifica realmente su comportamiento después de pedir perdón?

Esta última pregunta es especialmente importante.

Porque decir «lo siento» es relativamente sencillo. Cambiar el comportamiento que produjo el daño es otra cosa.

«No te quiere ni tu madre»: una reflexión, no un diagnóstico

Y aquí regresamos a nuestra frase:

«No te quiere ni tu madre».

Probablemente sea simplemente una expresión popular sin ninguna pretensión psicológica.

Pero podemos utilizarla para hacernos una pregunta bastante más jodida:

¿Qué clase de persona somos cuando nadie nos está mirando?

En la reflexión original planteaba imaginar qué sentiría una madre al observar determinadas acciones de su hijo o hija y hasta qué punto esa representación interna podría funcionar como freno antes de perjudicar a otra persona.

Pero yo iría incluso un poco más lejos.

No deberíamos necesitar permanentemente la mirada imaginaria de nuestra madre.

Conforme maduramos, ese freno debería convertirse en algo propio.

Nuestros valores. Nuestra empatía. Nuestra conciencia.

Nuestra capacidad para comprender que la persona que tenemos delante también siente, sufre, tiene miedo y puede quedar profundamente afectada por nuestras acciones.

La pregunta importante no siempre es: «¿Es narcisista?»

Cuando alguien te está haciendo daño, especialmente dentro de una relación de pareja, es comprensible obsesionarse con encontrar una explicación.

«¿Será narcisista?»

«¿Será psicópata?»

«¿Por qué no siente culpa?»

«¿Cómo puede verme sufrir y continuar haciendo exactamente lo mismo?»

Pero existe una pregunta anterior que quizá sea mucho más importante:

¿Quiero mantener en mi vida a una persona que se comporta así conmigo?

Porque no necesitas tener un diagnóstico clínico de alguien para establecer un límite.

No necesitas demostrar que tu pareja tiene un trastorno narcisista de la personalidad para terminar una relación en la que existe desprecio, manipulación, humillación o maltrato.

Y tampoco necesitas convertir a alguien en un monstruo para reconocer que su manera de relacionarse contigo no es saludable.

A veces nos obsesionamos tanto intentando comprender qué le ocurre al otro que dejamos de preguntarnos:

¿Qué me está ocurriendo a mí permaneciendo aquí?

Y quizá esa sea la reflexión verdaderamente importante.

Antes de hacer daño a alguien, hazte esta pregunta

Antes de hacer algo que sabes que puede destruir emocionalmente a otra persona, detente durante unos segundos y pregúntate:

¿Me sentiría orgulloso de que alguien a quien amo profundamente pudiera verme haciendo esto?

Si la respuesta es no, quizá todavía estés a tiempo de tomar una decisión diferente.

Porque al final la empatía, la responsabilidad y la conciencia no consisten únicamente en saber distinguir intelectualmente lo que está bien de lo que está mal.

También tienen que ver con lo que decidimos hacer cuando nadie nos está mirando.


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